sábado, 8 de diciembre de 2007

rumbos

Hoy me percaté que el rumbo de mi vida tiene mucho de azaroso pero, también, de causal. Si no fuera porque yo digo lo que pienso, no estaría metida ahora mismo en este dilema de tenerme que mudar de sitio una vez más. A veces hablo demasiado, y mis palabras chocan con las ideas de la gente. A veces, también, este chocar y confrontar esas ideas me mete en honduras de las que difícilmente puedo salir, aunque siempre sigo airosa.
No sé aún si la decisión de quedarme en México sea buena o mala. Pero lo que sí me queda claro es que tiene que ver con mi manera de discutir, de plantear las cosas, de observar el mundo y entonces decir algo acerca de él. Pobre mundo, por cierto, tan transido de violencia y sangre, de injusticia e inequidad. Pero a mí esa parte me queda un poco a contra mano (como siempre me ha quedado la vida de los "militantes de causas justas").
Me enseñaron desde pequeña a leer. Y me enseñaron que leer era la única manera de trascender ese milímetro que separa el vivir del vivir plenamente. Porque vivir plenamente era compenetrarse con quienes escribieron y dejaron su pensamiento fijado fuera de sus propias cabezas, y con quienes podrán leer todo eso -más lo que se acumule después de lo que escribamos nosotras- y que aprecien-critiquen-acepten-rechacen-etc.
Y es que la escritura y la lectura son dos cosas que nos hacen, justamente, más seres humanas.
Hoy, por ejemplo, releía el cuarto capítulo de El segundo sexo, de Beauvoir, y me indignaba con algunas de sus frases sobre las lesbianas, invertidas, marimachas, y demás adjetivos con las que nos surte. Pero de pronto entendí que es un libro escrito hacia 1949 mientras que yo vivo y leo en 2007 (sus finales).
No sé ahora como explicarlo (quizá porque estoy demasiado alcoholizada), pero seguramente en mis mejores momentos podré articular algo decente al respecto.