lunes, 19 de mayo de 2008

Un poco de luz

Después de la depresión de la semana pasada, hoy han habido algunas cosas que modifican mi mal humor.

martes, 13 de mayo de 2008

Desgano

Hoy no tengo ninguna gana de hablar. Ni de conversar, ni de escribir palabras densas ni frases sesudas. Hoy tengo ganas de irme al mar, de olvidarme de las responsabilidades, de tener que pensar al nivel que la gente (sobre todo los hombres, pero también ciertas mujeres) espera que piense.
Hoy quiero abandonarme a la brisa y al viento. Ser solamente otra hoja entre las hojas, un pedazo de espuma de ola entre las crestas que ebullen en esa agua salada que nos antecede. Dicen los mexicanos (sobre todo, aquí, en Jalisco), que la vida no vale nada. Lo cantan, le ponen música, lo enarbolan como bandera de guerra ante el destino.
No sé si la vida no valga un comino. Lo único que sé, es que la vida depara dolor. Y no ese dolor al que se refiere la Biblia y que nos amenaza a las mujeres (el dolor de parto, el dolor de dar vida). Ese nunca lo he sentido. Pero, aún así, puedo afirmar que hay otros dolores más intensos: los dolores del alma, del desamor, del destierro (aunque sea voluntario); esa cosa de ser extranjera en tu propia vida, como se lo decía aquí a Javiera. ¡Ay, Javiera... qué ganas de tenerte cerca y poder conversar con un café de por medio... o un vino... o un tequila! Hablar del amor y del desamor. Pero no estás cerca, y abro una botella de tequila de ese al que me he aficionado en estas regiones -"Tesoro de don Felipe", se llama el aguardiente de marras-, y me pongo a escribir entre el calor sofocante de este sitio.
Pero lo que escribo, aquí no puede quedar. Éste es mi blog "intenso", el que supuestamente guardo para las "grandes ideas" (que quizá no tengo). Me tendré que desahogar en el otro. Pero no ahora.
Hoy quiero emborracharme e irme a dormir completamente sin sentido, sin consciencia, sin saber de mí.

viernes, 2 de mayo de 2008

Madrid, 2 de mayo, a doscientos años (1808-2008)

Me ha cogido desprevenida. Pero la serie de indicios alrededor no me permiten dejar esto en el tintero. Hoy, hace doscientos años, el pueblo de Madrid se ha insurreccionado contra la invasión napoleónica. Y así le ha ido. Los que no han muerto en el día, al día siguiente serán fusilados en Monte Pío, dejando un famoso pintor aragonés -Francisco de Goya y Lucientes- un innenarrable testimonio con sus óleos.

No sé el porqué. Pero desde hace días que vengo leyendo una novela que me ha regalado para mi cumpleaños una chica que es alumna de una amiga (la tengo un poco de resquemor... es maravillosa pero me gusta demasiado). Y resulta que esta madrugada me ha pillado leyendo las últimas líneas de la novela mientras que me he percatado de que lo que relataba la novela, se trataba de un hecho acaecido hace exactamente hoy doscientos años. Un estremecimiento atroz me ha cruzado el cuerpo, el alma, de la punta al límite. Un día de cólera, del afamado Pérez-Reverte, ha sido leída justo a doscientos años de que lo que cuenta, sucediese.
Es una excelente novela, pero no me ha gustado. Demasiada sangre, demasiados destripados, tanto del lado de los manolos como del lado de los gabachos. Para alguien que ha vivido en Madrid, sin ser gata, sin ser madrileña, pero que ha vivido en uno de los barrios más tradicionales, algo de eso se le queda. Siente a Madrid en sus entrañas. Después de caminar por la cuesta de San Jerónimo, por Atocha hasta la Plaza Mayor, de vivir en Santa Isabel y bajar por San Eugenio hasta la plazuela de Lavapiés todas las tardes para tomarse algo en el Barbieri, algo de manola te queda. Por eso duelen tantas muertes, a doscientos años de haberse sucedido. No soy manola de Lavapiés ni chulapa de Malasaña. Pero el caminar tantas veces por encima de esas aceras, de esas vías, de esos caminos entre edificios que guardan tantos secretos en sus paredes por los sonidos, por los sudores y por la sangre de quienes nos antecedieron, algo se te queda.
Me ha dolido leer a Pérez-Reverte. Y mira que he leído otros textos que relatan el dos de mayo de 1808... Ahí está Benito Pérez Galdós...
Y me ha dolido y no me ha gustado no porque sea un mal escritor. Al contrario: se mete tanto en rescatar la voz de los olvidados que cada muerto madrileño (e incluso, gabacho o mameluco), te duele porque lleva un nombre, una historia, un pensamiento, una experiencia, y lo ves página a página destripado, con el sable hasta la garganta o atrevesándole el cráneo. Pero es que, de muertos, yo estoy hasta los cojones (perdón, he querido decir, hasta los ovarios, pues no me queda de otra desde mi perspectiva biológica de género).
La novela de Pérez Reverte está armada casi con la intención de que fuese leída este día, o alrededor de este día. Es impecable narrativamente (aunque una descubra algunos recursos retóricos gastados una página sí y la otra también). Pero basta de muertos. He salido de la lectura con las manos, los brazos, los pechos, hasta el propio sexo hinchado en sangre. Pero también, y quizá por lo mismo, he aferrado algunas ideas. Por ejemplo, Moratín me parece más deleznable de lo que me parecía hace veinticuatro horas, o Goya me merece más respeto después de haber sido contado por Pérez-Reverte. Como soy lectora de historiografía, el marqués de Malpica me parece (por fin) llevado a un lugar decente que no tenía. Mientras que Fernando VII (el entonces deseado, con el tiempo odiado) me parecerá un recurso retórico perverso de la política de los ministros que ni siquiera se decataron, ante el baño de sangre, por una o por otra solución: solamente cerraron los ojos. No sé si lo que me da más asco es leer tanta sangre a cada página, o leer tanta estupidez en el comportamiento de los que están metidos en lo que llamará Bourdieu, el "campo de poder".
Esta madrugada, metida en mi cama y con insomnio y la presencia del calor sofocante del occidente mexicano en estas épocas, novela en mano, vi saltar las vísceras de caballos y hombres y mujeres, su sangre, sus sesos, a lo largo del recuento de una jornada estúpida. Hace más de doce horas que terminé la lectura y todavía no puedo quitarme de la boca ese sabor metálico, a sangre derramada. Estoy impactada. Si Pérez-Reverte no firma una carta de compromiso para asegurar que su próxima novela no será tan sangrienta, os lo juro que no lo volveré a leer. Nunca.
La novela de Pérez-Reverte me da grima. Digo: "no es posible". Pero sí lo es. Cuando abro los diarios (el que querais... el País, cualquiera), y me doy cuenta que los habitantes de Basora viven desde hace años esa sangría que vivió Madrid entre el dos y el tres de mayo de 1808 (por no hablar de la Guerra Civil del siglo XX, las guerras carlistas, y todas esas cosas chungas), me doy cuenta que vivo en una burbuja desde la cual, mis opiniones, carecen de fuerza explicativa. No soy yo quien pueda hablar de la violencia y la vida que limita (porque la vida del sujeto está continuamente limitada por el ejercicio violento del poder de los demás). Ojalá y Pérez-Reverte nos abofetee pronto con una novela sobre el franquismo y sus excesos, contado así, a ras del suelo, como cuenta lo de 1808. Aunque le siga yo pidiendo la carta de compromiso (don Arturo, no se lo tome tan a pecho).
Tan mal salí de mi madrugada que he buscado, a lo largo del día, algo de consuelo. Y solamente para volver sobre lo mismo. Siguiendo los pasos de mi actual amor platónico encontré una bitácora dedicada al barrio madrileño en el cual viví durante algunos años: Lavapiés. Un barrio de judería convertido en manolería y cuyos habitantes fueron protagonistas centrales en 1808, no sólo por ser el lugar deonde se encontraba el Hospital General (ahora al lado de lo que es el Museo Reina Sofía), sino porque de sus calles salieron los manolos y las manolas más intrépidos en la refriega de aquel nefasto día. Esta bitácora crea todo un modo distinto de ver a Lavapiés, pero no tan distinto. Al grado que, cuando he visto un cortísimo documental de una de las habitantes señeras del barrrio (claro que la recuerdo, a Victoria, con sus bolsas yendo de aquí para allá, aunque confieso que no la conocía de nombre), no he podido mas que pensar, imaginar, que esta mujer habría salido, de haber vivido hace doscientos años con su edad, a acuchillar gabachos con sus tijeras de costura, el cuchillo de la cocina, la aguja de tejer, el hacha olvidada en el traspatio. O al menos tirarle las tejas, las piedras, o lo que estuviese a la mano. Lavapiés (entre otros), barrio bravo.



Gracias a:
República independiente de Lavapiés.
Txuscarria.
Javiera Vega.