domingo, 25 de noviembre de 2007

cenas

Anoche hubo una cena en casa que, como es ya tradicional entre la fauna y flora que me rodea, derivó en borrachera. Ya ahí por las tres y media de la madrugada nos pusimos a filosofar en un tono que, como decía mi abuela, recordaba las discusiones de borrachos. Todos etilizados (algunos, también, cannabizados) argüían en pro o en contra de no sé cuántas cosas, la una más improbable que la anterior, y seguramente que la siguiente.

El caso es que la conversación derivó en los amores y en las ausencias. Entonces te extrañé (puto cabrón, no te lo mereces). Y así, entre un whiskey y un tequila (la noche era para perderse), quise que estuvieras ahí. Necesité insanamente que me volvieras a abrazar y que tu cuerpo se fundiera con el mío como hace tiempo (no voy a hablar de los años). Pero el caso es que no estabas. Pero tampoco había alguien más a la mano para sentirme confortada, de alguna manera (y aquí tengo un problema de origen, doctrinario, pues mi formación feminista -mi madre, mi abuela- me impediría decir lo que dije, pero lo digo: tenemos que tener los ovarios muy bien puestos y no necesitar de nadie. Esa es la consigna).

¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí.... que te extraño.
Y siquieres seguir viendo, te recomiendo que pases a mi blog relajado, porque esta entrada ya se salió de madre.

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